martes, 5 de mayo de 2015

El ataque de los dravec

Fragmento de «La luz de Derkac. Recuerdos»:


«...
¡Ángel, no! ¡No, por favor! ¡No puedes estar muerto! –sollocé dándole la vuelta.
Acerqué la lámpara para verle mejor la cara. Su camisa estaba manchada por un círculo pequeño de sangre que rodeaba el dardo que tenía clavado en el pecho. Tiré de él con fuerza para desprenderlo de su cuerpo. Ángel no se movió.
Ángel, por favor, quédate conmigo... Por favor... no puedes dejarme... Me prometiste que estaríamos juntos. Ángel... por favor...
Apoyé mi oído contra su pecho. Su corazón se oía muy débil. Bombeaba lentamente, casi parado, como si cada latido supusiera un esfuerzo demasiado costoso. Pero, estaba vivo, y eso era lo único que me importaba. Todavía había esperanza por pequeña que fuera. Las lágrimas impedían que lo viera con claridad. Pero Ángel, mi Ángel, seguía allí. Cada pulsación suponía una nueva oportunidad, quizá la última para salvarlo.
Tenía que hacer algo. No podía soportar la idea de perderle para siempre, de dejarle ir. El dardo me pareció demasiado pequeño para ser mortal, pero la forma en la que había caído, quedando inconsciente en el acto... ¡Los dardos estaban envenenados!
Le abrí rápidamente la casaca. Un papel grueso se le cayó del bolsillo, pero no tenía tiempo de pararme a comprobar qué era. Busqué el remedio milagroso de su abuela, que colgaba de la bolsita de su cinturón. Saqué rápidamente la botellita de cristal que contenía el ungüento y le desabroché la camisa, dejando al descubierto una pequeña herida, casi imperceptible de no ser por el hilillo de sangre que brotaba de ella y un círculo azul que empezaba a extenderse bajo la piel que la rodeaba.
Volqué el bote medicinal sobre mi mano, primero con cuidado para no derramar demasiado del preciado bálsamo, pero después lo puse completamente boca abajo y lo golpeé sobre la palma de mi mano con ansiedad. Horrorizada, me di cuenta de que ¡estaba vacío! No quedaba ni una gota de la medicina que lo curaba todo. Recordé el ataque de Grozno. Ángel había gastado todo el remedio, curándome. Maldije el día que se me ocurrió escaparme y todas las cosas desagradables que habían ocurrido por tomar esa decisión... ¡Todo era por mi culpa! Y, si Ángel moría, no podría cargar con ese peso.
Desesperada y medio enloquecida, introduje el dedo meñique en la boca del frasco de cristal, intentando rescatar cualquier residuo del ungüento que pudiera haber quedado adherido a las paredes.
Froté mi dedo contra la lesión y los alrededores, con la esperanza de que ocurriera un milagro. Continué masajeando la herida para que cualquier partícula de ungüento que hubiera podido rescatar, penetrara profundamente y transportara la sanidad por el torrente sanguíneo, pero no pasó nada. Ángel no se movió; ningún gesto que me indicara que lo que hacía estaba funcionando. No había ningún efecto.
La mancha azul seguía creciendo, tiñendo las venas a su paso, trazando el mapa sanguíneo de todo lo que el veneno iba conquistando. La esperanza de que ocurriera un milagro se esfumaba por segundos. Impotente, lloré desconsolada sobre su pecho, segura de que esos eran sus últimos momentos de vida. ¿Qué más podía hacer? ¿Despedirme? ¿Desearle que descansara en paz? ¿Podría oírme? Recordé el consuelo que Ángel sentía al escucharme cantar y deseé con todas mis fuerzas que sus oídos funcionaran y le hicieran llegar la melodía a su subconsciente. Con la voz entrecortada por el dolor que sentía, entoné la nana que le había cantado en el establo. Habían pasado 21 escasos días desde nuestro primer encuentro, pero en ese momento, después de todas las cosas que habíamos pasado juntos, me pareció una eternidad.
Poco después de iniciar la melodía, Brandon empezó a moverse con dificultad. Por suerte, mi arrebato de cólera incontrolable, no lo había matado. El dravec con el que él había estado luchando y que había caído a su lado, se levantó tambaleándose. Y, dando bandazos, elevó un torpe vuelo que le hizo desaparecer en la oscuridad de la noche.
Brandon, con las piernas todavía temblorosas, consiguió ponerse en pie y se unió a nosotros, desconcertado. Frunció el ceño al ver la mancha azul que ya subía por el cuello de Ángel. Recogió el dardo del suelo y, después de examinarlo, lo olfateó. Se puso muy pálido y volvió a mirar la herida.
¡Maldición, es nuodai! El veneno más mortífero que existe –anunció, cayendo de rodillas al lado de su primo.
Ignoré la desesperación que envolvía sus palabras. Si conocía el veneno, también sabría cuál era su antídoto. Esa era la esperanza a la que quería aferrarme.
Brandon, por favor, dime ¿qué necesita?, ¿cuál es la cura?, ¿qué podemos hacer para salvarlo?
Ese es el problema, Anaís. El nuodai no tiene cura; ni siquiera el ungüento de la abuela Mariel es eficaz contra él. No hay nada que podamos hacer. En cuanto el veneno llegue al cerebro, dejará de respirar y morirá –sentenció con la voz pastosa; estaba tragándose las lágrimas.»

Escenarios de «La luz de Derkac. Recuerdos»

¡Hola a todos!
Estos son los escenarios en los que se desarrolla la segunda parte de Derkac.
Este se titula «La huida». Es la ruta que ha establecido Ángel para llegar a Soya, el pueblo marítimo en el que hay una puerta de teletransporte que los llevará a Heladia de Velika. Es un camino lleno de peligros. ¿Conseguirán llegar a su destino?


Esta ilustración la he titulado «Treffen», porque ese es el nombre del campamento que representa. Es el encuentro internacional al que asisten los jóvenes de las cuatro tierras de Talamah, con edades de quince a veinticinco años. Anaís solo ha asistido una vez, y, por extraño que parezca, ha olvidado muchas de las cosas que vivió allí. Sin embargo, en este viaje encontrará un diario que activará esos recuerdos. ¿Qué sucedió en el Treffen de hace dos años?


No te pierdas las trepidantes aventuras de esta historia de fantasía.

Viajo a Cádiz

¡Hola a todos!
Faltan solo unos días para mi viaje al sur de España, ¡qué emoción! Tengo muchas ganas de conocer en persona a algunos amigos que he hecho en Facebook, y de reencontrarme con otros que son muy especiales para mí.
Para los que sintáis curiosidad, o para los que tengáis ganas de conocerme y viváis por esa zona, os cuento mi itinerario:
El viernes 8 de mayo estaré en Sanlúcar de Barrameda, un pueblo que me acoge con mucho cariño y que tengo muchas ganas de visitar. Allí presentaré las dos primeras partes de mi trilogía. 


El sábado 9 de mayo estaré en Puerto Real, en un evento literario cargado de actividades y en el que también presentaré mi libro. Este es el programa:

Será un viaje relámpago porque el domingo estaré de vuelta en mi casita para celebrar el cumple del más pequeño de mis hijos. Así que ya sabéis, si estáis cerquita, me hará muchísima ilusión veros. ¡Gracias por adelantado!

Destroza este diario

¡Hola a todos!
Os traigo una nueva recomendación. En esta ocasión no os presento un libro de lectura, pero sí un libro que os entretendrá muchísimo. Olvidaos de la Play, la Wii, la tablet, el móvil y todos esos aparatos sin los que creéis que no podéis divertiros. ¿Alguna vez habéis dibujado en los márgenes de un libro del cole por puro aburrimiento? (¡Muy mal, eso no se hace!) ¿Dibujáis en la libreta o en la mesa mientras la profe os explica las virtudes de las matemáticas? (¡Concentraos, por favor!). Confieso que yo dibujaba hasta en las paredes de mi casa, para horror de mi padre...
Quizás os estéis preguntando por qué os cuento esto. Pues veréis, lo que quiero es recordaros que dibujar, garabatear, recortar, rasgar, romper... mola, y con este libro podréis hacer todo eso y más. Es un arma perfecta contra el aburrimiento. Os librará de las largas esperas del médico, de la eternidad de un viaje largo, de las tardes de lluvia, del tiempo de la siesta... ¡Probadlo y ya me contaréis!


viernes, 17 de abril de 2015

Reencuentro

Hacía más de diez años que no se veían. La despedida había sido muy dolorosa, y ella siempre recordaba con pesar las últimas palabras que él le dedicó: «Ya no podemos ser amigos». Con frecuencia se preguntaba qué hubiera pasado si ambos hubieran sido más valientes, si hubieran apostado por el amor que sentían, si se hubieran dejado llevar por la atracción que los había mantenido unidos hasta ese desgarrador adiós.
Las mariposas todavía revoloteaban en su estómago cuando su memoria evocaba la primera vez que sus miradas quedaron atrapadas en los ojos del otro. Y es que, a pesar de la distancia y del paso del tiempo, todavía se ponía nerviosa cuando pensaba en él, cuando pronunciaba su nombre o cuando imaginaba cómo sería reencontrarse con ese amor del pasado. Pero, había pasado tanto tiempo... ¿La recordaría? ¿Alguna vez pensaba en ella o no era más que una anécdota de juventud?
Ella sabía que no podría olvidarlo, que nunca recuperaría la parte de corazón que le había regalado. Tal vez porque ahora era un amor platónico; tal vez porque pudo ser y no fue; o simplemente, porque sus sentimientos, sinceros, no habían muerto y continuaban perteneciéndole a él.
No sabía cuál era la razón que le hacía recordarlo con nostalgia, pero ese día, cuando se toparon por casualidad en unos grandes almacenes y sus miradas quedaron atrapadas en los ojos del otro como la primera vez, su corazón se desbocó, el mundo bajo sus pies se detuvo y sintió tal cosquilleo en el estómago que le costaba respirar.
El tiempo parecía no haber pasado entre ellos, aunque ambos estaban cambiados. Balbucearon, se sonrojaron y sonrieron avergonzados de haber recuperado, de golpe, la inseguridad de los quince años.
Fue solo un instante, y el mágico momento se rompió cuando un niño, que supuso sería su hijo, estiró del brazo de él para recuperar su atención. Él asintió, le revolvió el pelo con cariño y continuó caminando, pasando por su lado sin decirle una sola palabra. Ella se había quedado petrificada y lo sintió alejarse sin tener el valor de detenerlo, sin saber qué decir.
Había visto el reconocimiento en su mirada, pero no había sido suficiente. El dolor de la separación volvió a su corazón, renovado. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, mientras tomaba consciencia de la situación. «Se acabó, ya no podemos ser amigos». Lo había echado tanto de menos... Había soñado tantas veces con el reencuentro que vivirlo de una forma tan fugaz e indiferente, la destrozaba.
Probablemente nunca había vuelto a pensar en ella y encontrársela había sido como ver a un fantasma que no asusta, pero sorprende porque no debería estar ahí. Ni siquiera se había detenido a saludarla...
De repente, una mano se apoyó en su hombro; pensó que estaba dando un espectáculo y que un alma caritativa venía a consolarla. Pero, entonces escuchó su nombre, pronunciado en un susurro a sus espaldas. Y el mundo se detuvo y su corazón se aceleró. Entonces supo que podría pasar una eternidad sin volver a verlo, pero nunca, aunque se esforzase, podría dejar de amarlo.
©Jim Megal-2015. Todos los derechos reservados  

¡Nueva presentación en Barcelona!

¡Hola a todos!
Hoy tengo que daros una gran noticia. El próximo miércoles 22 de abril estaré en la Biblioteca Can Mulà, de Mollet del Vallés, presentando las segunda parte de mi libro: «La luz de Derkac. Recuerdos», a las 19:00. Me acompañará mi compañero de editorial, Halle Grosso, un simpático gaditano que también presentará su novela, la tercera de su saga «Ancestral. El amanecer de la Materia».
¡Animaos y acompañadnos!


lunes, 13 de abril de 2015

Marcado con sangre

¡Hola a todos!
La mayoría de los lectores, al acabar mi novela, me comentan que se han encariñado con Kylian, el mejor amigo de Anaís. Por eso he decidido regalaros este relato que narra qué le sucedió a su familia. No contiene spoilers, así que todos podéis leerlo aunque no hayáis leído el libro todavía. Me encantaría conocer vuestras opiniones, así que no os olvidéis de comentar.
¡Gracias por leerme!
MARCADO CON SANGRE

Hacía un calor insoportable dentro de ese armario. El pequeño llevaba tanto allí escondido que había perdido la noción del tiempo. El hambre y la sed hacía mucho que lo acompañaban, pero tenía tanto miedo que había preferido ignorarlos a salir de su improvisado refugio.
Aterrorizado en la oscuridad de ese reducido espacio, las imágenes de la desgracia que había sacudido su hogar se repetían, una y otra vez, en su mente infantil.
Los dravec habían irrumpido en su casa, armados hasta los dientes, y habían asesinado a su familia con violencia devastadora.
Sus recuerdos eran tan claros, tan nítidos, que se estremeció como si volviera a tener ante sus ojos a esos bandidos. En otra circunstancia hubiera admirado su belleza, la fortaleza de sus músculos o su destreza con las armas; incluso sus alas negras, extendidas en una arrogante demostración de poder, eran dignas de admiración. Sin embargo, a Kylian no volverían a parecerle hermosos, y mucho menos, admirables.
Los había visto de buena mañana, a las afueras de su pueblo, en el río, justo cuando él intentaba cazar truchas con las manos. Lamentaba no poder volar como sus hermanos o sus padres. Ellos sobrevolaban el río en busca de los mejores pescados y caían sobre ellos como aves rapaces, mientras que él tenía que pasarse horas dentro del agua, quieto como una estatua, esperando a que los peces se confiaran para poder atraparlos.
Los dravec habían aterrizado junto a él entre risas amistosas. Parecían soldados y eso lo asustó al principio, pero enseguida demostraron ser inofensivos. ¡Cuánto se había equivocado en su juicio!
–¿Qué tal tu pesca, muchacho? –le había preguntado una de ellos. Era preciosa. Sus cabellos eran dorados como los rayos del sol y sus ojos verdes como la hierba del campo en primavera. Sus alas azabache eran majestuosas y sus plumas parecían muy suaves.
–No me está yendo muy bien –le contestó embobado–. Es difícil quedarse quieto tanto rato.
–¿No puedes volar para pillarlos por sorpresa? –continuó preguntándole. Esta vez le pareció ver un brillo astuto en la mirada de la joven, pero no le dio importancia.
–¡Qué más quisiera! –gruñó el pequeño Kylian, frustrado.
La muchacha alzó el vuelo, se transformó en un pequeño azor y sobrevoló el río con atenta mirada. De repente, se lanzó en picado sobre el agua y, cuando volvió a elevarse, llevaba una enorme trucha en el pico. La lanzó al lado de la cesta del niño y aterrizó. Una nube de plumas negras la envolvió en el tiempo de un parpadeo y recuperó su forma humana.
–¡Gracias! –exclamó Kylian saliendo del agua para recoger el apetitoso pescado.
–No hay de qué –le contestó ella con una sonrisa–. ¿Podrías indicarnos dónde está el poblado al que llaman Loofered? Vamos a visitar a unos amigos y nos hemos perdido.
–¡Claro! Está muy cerca de aquí, detrás de esa arboleda.
Los dravec se miraron con complicidad y alzaron el vuelo.
–¡Gracias, pequeño waida! –se despidió la joven.
–Yo no soy un wai... –Pero ya se habían ido. El corazón de Kylian empezó a latir muy rápido. De repente, se sintió como si hubiera hecho algo malo y se arrepintió de haberlos guiado hasta su poblado. Habían sido amables, pero algo le había incomodado... Algo le decía que esos dravec darían problemas.
Atravesó la arboleda a toda prisa, lamentando no poder volar como cualquier leija. Le faltaban unos meses para cumplir seis años y todavía no era capaz de volar. Sus padres decían que no se preocupara, que cualquier día lo conseguiría, pero él no estaba tan seguro. Él quería seguir con la tradición familiar y ser un valeroso soldado, pero ¿cómo podría entrar en el ejército del rey Roland para defender el reino junto a los suyos si era incapaz de volar? Sería una deshonra para su familia...
Recordaba haber llegado sin aliento, esperando encontrar a los dravec armando alboroto, pero no había ni rastro de ellos. El poblado estaba en calma, entregado a sus quehaceres diarios. Por lo visto, no habían llegado todavía. ¿Se habían perdido?
Respiró aliviado. Era una tontería, seguro que su imaginación le había jugado una mala pasada. Su madre le decía que era muy fantasioso y que se le curaría con la edad, sin embargo, hacerse mayor era algo lejano que llegaba con demasiada lentitud. A él le gustaría ser como su hermano Josser. Era tan alto como su padre y, aunque todavía no era capaz de desarmar a su progenitor, peleaba como un auténtico soldado. Su padre estaba orgulloso; no lo decía, pero Kylian sabía que esa forma de mirar a su hermano era pura satisfacción. A él lo había mirado así una vez, cuando su habilidad especial se hizo evidente. Su hermana Darya le había quitado su espada de madera. Darya era una pesada, solo tenía dos años más que él, pero siempre lo trataba como si fuese un bebé. Voló por toda la casa con la espada en alto para que él no pudiera alcanzarla. No era justo, él no podía despegar los pies del suelo mientras que Darya volaba desde el día de su nacimiento... La niña reía y se burlaba de él con su vocecilla impertinente, hasta que Kylian, harto de la situación, explotó. No sabía cómo, pero su imagen se había multiplicado seis veces. Había seis Kylians alrededor de su hermana y todos la miraban furiosos. La niña, muy asustada, se había puesto a llorar y Kylian aprovechó para quitarle su espada y darle con ella en la cabeza. Su madre lo había castigado por ello, pero, al igual que su padre, también estaba orgullosa de él; lo había abrazado cuando Darya no miraba y lo había felicitado. Y esa habilidad lo había salvado de la muerte.
Kylian había vuelto a casa con aparente normalidad. Su madre se había dado cuenta de que algo le preocupaba, pero lo dejó pasar cuando el pequeño le mostró su pesca. Su padre ni siquiera se había dado cuenta de su llegada; tallaba una muñequita de madera para Darya, que esperaba sentada a sus pies, con impaciencia. Josser y Luk practicaban la lucha cuerpo a cuerpo en el jardín trasero, mientras Tanhoa los animaba esperando su turno. Kylian se relajó y no le comentó a nadie su encuentro con los dravec. Su familia estaba bien y estaba deseando unirse a sus hermanos mayores para que le enseñaran a dar algunos golpes.
Sin embargo, un grito desgarrador lo sobresaltó y le puso la piel de gallina. Las voces de sus hermanos se habían silenciado y oyó caer algo al suelo. No le dio tiempo de ir a mirar. La puerta se abrió de par en par y entró Tanhoa con el rostro desencajado por el terror; un dravec la perseguía, espada en mano. Su madre le lanzó el cuchillo con el que estaba cortando el pescado y le dio en el hombro. Todo pasó en décimas de segundo. Su padre se puso en pie de un salto, pero no le dio tiempo de nada más. La joven que había pescado la trucha para Kylian estaba en la puerta trasera, a sus espaldas, y, con una precisión pasmosa, lo atravesó con su lanza.
Kylian no podía creer lo que estaba viendo. Se había quedado petrificado. Aquella joven de aspecto encantador observaba su casa con mortífera mirada. Se sorprendió de encontrar allí al pequeño, pero no quedaba ni un ápice de la amabilidad con la que lo había tratado en el río. Desclavó la lanza empujando con desprecio el cuerpo de su padre y se encaró a Darya, que gritaba y lloraba sosteniendo en alto el cuchillo con el que su padre había estado trabajando la madera. La dravec se abalanzó sobre la pequeña y Darya la esquivó alzando el vuelo. Tanhoa corrió en su ayuda mientras le gritaba a Kylian que huyera. La madre de Kylian había conseguido desarmar al dravec y ahora le apuntaba con su espada. Kylian miró de nuevo a la joven dravec que intentaba ensartar a su hermana Tanhoa con la lanza mientras Darya, con su mente, hacía levitar todos los objetos de la casa que encontraba y se los lanzaba a la asesina.
Kylian seguía allí de pie, muerto de miedo, sin saber qué hacer. Con un grito furioso, la dravec bateó una de las rocas de la chimenea que Darya le había lanzado. La piedra salió disparada de vuelta, directa a la cabeza de la pequeña, que cayó al suelo como una muñeca de trapo. En ese momento, Kylian reaccionó y sus piernas volvieron a obedecerle. Corrió a ver cómo estaba su hermana. Las lágrimas le impedían verla con claridad, pero no se movía. La sacudió, pero Darya no respondió. Escuchó a sus espaldas un espeluznante crujido de huesos y, al girarse, vio a Tanhoa con la lanza clavada en el pecho. La sangre manchó su camisa y brotó también de su boca. Sus ojos se apagaron rápidamente. La dravec forcejeó para sacar la lanza del cadáver de su hermana y lo miró con una determinación mortal. Kylian supo que era el siguiente y algo en su interior se despertó. Sus pies se elevaron del suelo y voló hasta su madre, que en ese instante conseguía vencer definitivamente a su enemigo.
Cuando lo vio, sus ojos se agrandaron asustados.
–¡Huye, Kylian! ¡Huye lejos de aquí! –le gritó su madre abalanzándose contra la dravec que ya se disponía a atacar al pequeño.
Pero Kylian no podía irse, no podía dejar allí a su madre. Intentó distraer a la dravec, multiplicando su imagen a su alrededor. Su artimaña funcionó por un momento. La dravec parecía desconcertada, sin saber a quién atacar. Cada uno de los Kylian que la rodeaban hacía algo distinto y eran tan reales que no sabía cuál de ellos era el de carne y hueso. De repente, hizo algo que Kylian no esperaba, lo ignoró y hundió su lanza en la pierna de su madre, clavándola en el suelo. Su madre gritó de dolor y por un instante, las imágenes de Kylian desaparecieron. La dravec sonrió triunfal. Recogió del suelo la espada de su compañero y caminó con seguridad hacia su víctima.
–¡Huye, hijo mío! –volvió a gritarle su madre–. Y cuando seas mayor para luchar, acaba con los dravec, venga a tu familia, hij... –No pudo acabar la frase. Kylian vio con dolorosa lentitud cómo la dravec descargaba la espada contra su madre en un golpe mortal. Asustado, aprovechó el momento para introducirse en uno de los armarios de la cocina. Proyectó sus imágenes volando aterradas al exterior, con la esperanza de engañar a la dravec y hacerla creer que había huido.
Y lo había conseguido. La casa había quedado sumida en un sepulcral silencio, pero no era la única. Desde el armario había oído el cuerno que daba la alarma al poblado, y los gritos y la lucha, pero hacía mucho que ya no oía nada. Allí, en la oscuridad de ese armario, alimentó su odio contra esas criaturas mortíferas y malvadas que habían destruido a su familia sin razón. Lloró mucho, intentando ahogar los sollozos para no delatar su escondite. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero sabía que los dravec se habían ido.
El hedor a muerte le obligó a salir del armario. Vio los cuerpos inertes de sus padres y hermanos; tenían un color extraño, amarillento, como si sus pieles fueran de cera. Lloró junto a ellos hasta quedarse dormido. Le hubiera gustado no despertar, reunirse con ellos dondequiera que estuvieran ahora, pero su madre le había encargado algo antes de morir. Debía hacerse mayor y convertirse en un guerrero. Debía vengar a su familia, debía acabar con los dravec... Y eso era justo lo que haría, lo que deseaba hacer con toda su alma. Y allí, arrodillado ante el cuerpo de su madre, prometió que viviría para acabar con los asesinos de los suyos. Esa sería su misión y no descansaría hasta haberla logrado.
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